NIBALI SORPRENDE EN LA MILÁN-SAN REMO

 

La Milán-San Remo es una carrera muy especial, única diría yo. La Classiccisima, La Primavera, el Mundial de Primavera, como también es conocida  es uno de los cinco Monumentos ciclistas. Para una gran parte de aficionados ciclistas es un “tostón” de carrera que se resuelve la mayoría de las veces en un sprint. Para otra parte de aficionados es una prueba apasionante con unas características que le confieren un prestigio especial. Yo soy de los segundos. La Milán-San Remo tiene 294 kilómetros, más 7,5 kilómetros de salida neutralizada. Esto supone que cuando los ciclistas cruzan la mítica línea de meta en Via Roma llevan en sus piernas más de 300 kilómetros. Esos kilómetros son disputados a más de 40 km/h de media. Los últimos 60 kilómetros son un infierno mezcla de alta velocidad, nervios y tensión por guardar la posición. Los últimos 28 kilómetros tienen la subida a la Cipressa con su técnico descenso. Una bajada endiablada a altísima velocidad en la que nadie quiere perder un metro para afrontar los kilómetros de llano de Imperia recorridos por la Vía Aurelia a más de 50 km/h  hasta el punto crítico de la prueba: el Poggio de San Remo. Y una vez subido el Poggio, casi 4 kilómetros entre invernaderos al 4% de pendiente media, hay que bajar hasta San remo a tumba abierta gestionando sus curvas de herradura y manteniendo la eterna fila de elegidos que van a tener el privilegio de disputar el triunfo. Si todo esto parece poco hay que sumar que nada más acabar el Poggio te enfrentas a 2.300 metros de plano hasta la meta en Vía Roma. Más de 2 kilómetros de incertidumbre, de buscar apoyo en tus lanzadores por parte de los sprinters, de buscar el momento justo para el último ataque de los llegadores, de templar los nervios y no gastar unas preciosas fuerzas que te harán falta en los últimos metros, de elegir el momento justo para jugar tu baza final. Solo comprendiendo todo esto, solo poniéndote en la piel de un profesional que tiene que afrontar esto, solo así se entiende la grandeza de la Milán San Remo.

 

UN GUION ESTABLECIDO PARA LA MILÁN-SAN REMO

 

La Milán San Remo en los últimos años había pasado a estar dominada por un guión bien estructurado: fuga inicial consentida de equipos modestos, captura de la fuga antes de la Cipressa, control de los equipos fuertes hasta el Poggio y una vez allí ataque brutal en la última parte de la subida para reducir el grupo e intentar burlar el sprint; una burla no conseguida en la mayoría de las ocasiones. Captura en el descenso o llano hasta Vía Roma y sprint final en un grupo más o menos reducido en San Remo. La última vez que un corredor llegó en solitario a la meta fue en 1994 cuando Giorgio Furlan logró escapar en el Poggio. 24 años de sprints y algún pequeño grupo.

 

Pero el ciclismo es un deporte de valientes, de atacantes, o debería serlo. Y de vez en cuando en este ciclismo moderno súper medido, híper controlado, científico… de vez en cuando el Dios del Ciclismo premia a un corredor especial. Y eso fue lo que pasó en la edición de 2018 de La Classicissima.

 

UNA SAN REMO PASADA POR AGUA EN 2018

 

Los participantes tomaron la salida en Milán por la mañana bajo una persistente lluvia que no les abandonaría hasta 6 horas después. Más de 200 kilómetros mojándose. Al llegar a la costa el sol empezó a asomar, la carretera se empezó a secar y los corredores se prepararon para afrontar los 45 últimos kilómetros. Los “capi” de la carretera del litoral  iban pasando y se llegó a la Cipressa. El capo donde las piernas te van a decir si estás en condiciones o no. A Marcel Kittel le dijeron que no en el primer momento. No estaría en la disputa final. La FDJ puso un ritmo interesante para controlar a favor de Démare, ganador de 2016 y en gran forma como se vio en Paris-Niza. En la aproximación al Poggio hubo una caída escalofriante de Mark Cavendish, que se comió literalmente un bolardo de separación de carriles. Afortunadamente no sufrió graves daños, pero la voltereta con doble tirabuzón que dio fue digna del mejor acróbata del circo del sol. Cavendish ya ha sufrido tres caídas en dos meses de temporada. Igual quiere decir algo.

 

UN ATAQUE Y UN ÓRDAGO: NIBALI A POR TODAS

 

Y se llegó a la hora de la verdad. En el Poggio se puso un ritmo fuerte desde abajo. Los equipos van agrupados. Todo el mundo mira a Sagan. Marcus Burghardt ataca, pero el corredor de Bahrein Mohoric lo controla. Parece que Bahrein está jugando la baza de su esprinter Colbrelli. Jean-Pierre Drucker de BMC le alcanza y lo deja, pero también es neutralizado. La mitad del Poggio se ha pasado y se llega a la zona central, un ligero falso llano. Es ahí donde Krists Neilands el campeón letón del Israel Academy, las naciones unidas del ciclismo, arranca. Unos segundos después sale Nibali. A todo el mundo le parece que el siciliano sale para controlar en favor de su compañero esprinter Colbrelli. En esos momentos nadie recuerda que Nibali había sido podio en 2012 en esta carrera, y que ha atacado tres años en el Poggio, aunque nunca le había salido. Pero Nibali es un corredor que ataca, que no se rinde y en este 2018 la cosa iba a ser diferente. Nibali en la zona más dura del Poggio deja a Neilands y se va en busca del descenso. Por la curva de la cima pasa con 11 segundos de ventaja. Las motos quizá han jugado un pequeño papel favoreciendole en esa zona, pero no quita ni un gramo de mérito a lo que ha hecho el siciliano. No ha mirado atrás ni una sola vez.

 

 

Por detrás Sagan y Kwiatkowsky se vigilan. Daniel Oss tira para que el hueco no sea enorme, es el único gregario de Bora. Comienzan el descenso y Trentin se adelanta intentando enlazar con Nibali. No lo conseguirá. Si Trentin se hubiese quedado con su esprinter Ewan quizá el final hubiese sido diferente, pero no lo hizo. Las decisiones se toman en segundos, y aciertas o te equivocas. Nunca es fácil. Al final del descenso Nibali tiene 9 segundos de ventaja. El grupo persigue estirado. Los esprinters tienen gregarios. Pero sigue habiendo alguna mirada de más a Sagan. Sagan está de que no. Por delante Nibali se agacha, la espalda horizontal al cuadro, los codos abiertos y ni una sola mirada detrás. No le hace falta, el griterío de los tiffossi le dicen lo que está pasando y lo cerca que están los perseguidores. En la penúltima curva Nibali apura tanto que arranca el móvil de un tonto que está haciendo una foto Es increíble que pasen estas cosas. Menos mal que quedó en simple anécdota.

UN VUELTÓMANO TRIUNFA EN VIA ROMA

 

Por detrás Quick Step pone a sus dos lanzadores a favor de Viviani. Tarde. El sprint está lanzado, pero por delante Nibali a 50 metros de la línea, ahora sí, mira hacia detrás y se da cuenta de que es el vencedor. Levanta los brazos y celebra su triunfo. Por detrás Ewan, el pequeño esprinter, y Démare, el elegante francés, completaran el podio. Nibali nada más cruzar meta es rodeado por toda su gente y estalla en lágrimas. La Milán-San Remo es una carrera que el siciliano no esperaba ganar, pero que sí quería ganar. Y por eso lo había intentado en otras ediciones, y por eso lo intentó en esta edición. Porque en ciclismo el que no ataca y el que no lo intenta no triunfa. Y muchas veces no saldrá bien. Pero muy de vez en cuando sale. Y ese día hace que todo haya merecido la pena. Me atrevo a decir que en Italia los tiffossi valoran el triunfo de “su corredor” por encima incluso de su Tour de Francia. Todos los grandes campeones italianos tienen una San Remo en sus vitrinas. Ahora Nibali también. Porque el ciclismo a veces, solo a veces, premia también a los valientes. ¡Bravissimo Nibali!

En este enlace se pueden recrear con los mejores momentos de La Primavera 2018

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