ALEJANDRO VALVERDE… Y A LA SÉPTIMA MEDALLA DESCANSÓ

 

Alejandro Valverde se proclamó el domingo 30 de Septiembre Campeón del Mundo de fondo en ruta para profesionales. Una victoria que completa un palmarés de leyenda para el corredor murciano. Se ha dicho prácticamente todo de Valverde, incluso cosas muy feas con toda la razón, pero más allá de las palabras y de las opiniones, de  los gustos y de las fobias, más allá de eso están los números. Los fríos números. Alejandro Valverde ha conseguido en su carrera profesional 122 victorias. Es un número que lo coloca entre los mejores 15 ciclistas de la historia (según las estadísticas especializadas de ciclismo). Pero  lo realmente increíble es que esas victorias han tenido lugar en todo tipo de competiciones. Valverde ha ganado una gran vuelta (Vuelta a España 2009), ha hecho podio en las tres grandes (hay pocos en ese club tan selecto), ha ganado 16 etapas en grandes vueltas (y estas victorias son muy caras), pero también tiene victorias en vueltas de una semana de gran nivel (Dauphine, País Vasco o Cataluña entre otras). Visto así Valverde podría parecer el corredor completo de vueltas de una semana y eterno aspirante a grandes vueltas, vamos el prototipo que se empeñan en buscar en España los directores de ciclismo. Pero Valverde no es solo eso. El murciano también ha ganado grandes clásicas de un día, siendo el “Rey de las Ardenas” con cuatro victorias en el monumeto de Lieja-Bastogne-Lieja y el dominador absoluto con cinco triunfos de la Flecha Valona.

 

Desde el domingo Alejandro Valverde por fín es Campeón del Mundo, un triunfo que justifica toda una carrera deportiva, pero que en el murciano es algo más. Valverde es el ciclista con más medallas mundialistas. Siete medallas en doce participaciones. Un oro, dos platas y cuatro bronces. Números abrumadores que hablan del talento de este corredor. Unos porcentajes que no dejan lugar a ninguna duda de su desempeño en esta “lotería de carrera”… jaja.

 

Cuando se presentó el Mundial 2018 en Innsbruck enseguida se dijo que iba a ser uno de los más duros de la historia. Quizá solo a la altura de Sallanches 1980 (Bernard Hinault) y Duitama 1995 (Abraham Olano). El recorrido de 258 kilómetros incluía el paso en ocho ocasiones por el puerto de Igls (7 kilómetros al 6% con zonas del 10%) lo que sería suficiente para hacer un Mundial prácticamente de montaña. Pero es que además la organización se reservaba una trampa para la vuelta final: el Höttinger Holl, una cuesta de cabras (lamentablemente de moda en el ciclismo actual) de 2,8 kilómetros al 11,5% con una ridícula zona del 28%. Y con este recorrido en España en seguida volvimos la vista a Valverde. Si había un Mundial propicio para él era este. Valverde tiene 38 años, su tiempo (parece) que se acaba. Y es el rey indiscutible de los finales en rampas imposibles, su historial en el Muro de Huy lo atestigua. Y es rápido en el sprint, con lo que parecía lógico que ese final tan duro daría un corredor en solitario o un reducido grupo en el que Valverde tendría las de ganar. Eso en teoría, claro. Luego la carretera te pone donde debe.

 

Pero en Julio de 2017 en el prólogo del Tour de Francia Valverde se iba al suelo y se lesionaba de gravedad. La pierna rota y la rodilla inservible. El murciano dijo que volvería. Muchos lo dudábamos, o al menos que lo hiciera a su nivel anterior. Pero Valverde lo hizo. En los primeros meses del año ya empezó a ganar (Valencia, Abu Dhabi, Cataluña…). Empezó a hacer exhibiciones. En “sus clásicas” de las Ardenas estuvo entre los mejores, segundo en Huy, batido por el aspirante al trono de “rampetas” Julian Alaphilippe. Cerca en Amstel.  Y como parece que Valverde no sabe hacer otra cosa que correr hizo el Tour y luego La Vuelta, y la hizo a tope, con opciones de triunfo hasta el último día. Ganando dos etapas magistralmente, nada más y nada menos que a Kwiatkowsky y a Sagan. Que estaban preparando específicamente el Mundial en La Vuelta. Yo personalmente pensaba que era un error. Que Valverde volvía a caer presa de una mala planificación y que llegaría quemado a Innsbruck. No se puede estar a tope desde Febrero, disputar dos grandes vueltas, una de ellas a muerte y trece días más tarde afrontar el Mundial más duro de la historia con opciones. No se puede o no se debería poder. Pero Valverde sí lo hizo. Me alegro infinito de haberme equivocado.

 

La semana del Mundial fue desgranando las carreras de las diferentes categorías. En ellas se vio la dificultad del recorrido. Incluso en kilometrajes reducidos las escabechinas y las exhibiciones fueron antológicas, con especial atención al junior belga Remco Evenepoel y a la élite femenina Van der Breggen. El recorrido era tan duro como se decía, y eso sin afrontar la última rampa que era exclusiva para los profesionales.

 

Mientras todo el mundo ciclista, y los máximos favoritos, reconocían el recorrido y se aclimataban en esa semana en Innsbruck la selección española “dirigida” por el técnico de otro siglo Javier Minguez se concentraba en Sierra Nevada, para hacer piña, para conjurarse como grupo. También se compenetraron para perder el avión y llegar a Innsbruck solo dos días antes. Y ahí es donde todos pensamos: ¿Qué puede salir mal? Total delante solo iban a tener a las selecciones más fuertes de los últimos tiempos en el Mundial más duro de la historia. Francia y Holanda daban miedo. Italia es una referencia en cualquier carrera. Pero desde la selección española decían que lo del avión era una cosa menor y que estaban sensacional. Que se habían reído mucho en la concentración, habían descansado y llegaban perfectos, en especial el único jefe de filas del grupo: Alejandro Valverde. Porque eso sí, este año por fin la estrategia era clara: control de todos los demás, guardar a Valverde, y llegar con opciones al infierno del 28%. Ocho nombres para la historia ciclista española:  Herrada, Mas, De la Cruz, Castroviejo, Fraile, Nieve, Izaguirre y Valverde.

 

 

El domingo 30 de Septiembre amaneció en Innsbruck un día ideal para la práctica del ciclismo. Fresco mañanero, pero sol radiante y mejor temperatura a mediodía.  La carrera tuvo un desarrollo clásico de Mundial. Escapada de salida consentida. 19 minutos de ventaja que se fueron diluyendo con la llegada al circuito y los sucesivos pasos por el puerto de Igls. Austria trabajó como anfitriona, Gran Bretaña e Italia también. España con Castroviejo ayudó a mantener un ritmo vivo que neutralizó la escapada y lo que es más importante, empezó a eliminar nombres ilustres a los que el exigente circuito puso en su sitio. Peter Sagan se descolgó a falta de 90 kilómetros, pero salió a defender su maillot con honor, como debe ser. Hacen falta más ciclistas como el eslovaco. Recuperará ese maillot antes o después, quizá en 2019.

 

 

A falta de dos pasos por el puerto de Igls se empezó a poner la cosa seria. Y ahí se empezó a ver que la selección española tenía la lección perfectamente aprendida. Grabada en la piel. Sin pinganillos no hubo ninguna duda, demostrando que el ciclismo antiguo no está del todo muerto: un solo líder y un equipo con instrucciones claras y confianza en su hombre fuerte. En el primer movimiento Herrada se filtró evitando el primer calentón serio. Posteriormente en esa misma vuelta un ataque muy serio de Van Avermaet (otro ciclista que honra la camiseta que porta) y Caruso fue acompañado por Omar Fraile, evitando de nuevo el trabajo de España. Yo lo veía en la tele y me frotaba los ojos. Lo estaban haciendo perfecto. Una vez neutralizados hubo ataques con muy mala idea en la parte final del puerto que fueron neutralizados por un soberbio De la Cruz, que hasta en cuatro ocasiones secó cualquier movimiento. Admirable en un corredor tan joven.

 

 

En la última subida a Igls, que se hizo muy fuerte desde abajo, se descolgaron Kwiatkowsky y Simon Yates. Italia preparaba el ataque de Nibali, pero este no se produjo. De hecho el siciliano se quedó vacio y explotó, dejando a Moscon como líder de los transalpinos. Delante hubo ataques muy peligrosos pero un formidable Izaguirre neutralizó cualquier peligro para la selección española. Y lo más importante: a Alejandro Valverde no le había dado el viento ni un segundo en la cara. Claro, que a Alaphilippe tampoco. Un formidable Rudy Molard por Francia se encargó de tensar el ritmo.

 

 

El danés Valgren, ganador de Amstel, hizo un movimiento muy inteligente en la parte final del puerto. Similar al que le dio el triunfo en las Ardenas. Un movimiento quizá ganador si no quedase el famoso infierno de Höttinger. Pero las selecciones favoritas tenían claro de que iba esto: todos neutralizados hasta los 2.800 metros de cuesta de cabras y que los “jefes” se la midan en esas rampas imposibles. Fácil. Italia con De Marchi dejó a Valgren a una controlable distancia de 30 segundos. Y nada más empezar la cuesta final una formidable Francia hizo su trabajo. Un generosísimo Pinot, ¡que gran corredor!, puso un ritmo que dejo el pelotón en seis unidades: Pinot, Bardet, Alaphilippe, Moscon, Woods y Valverde. Cuando Pinot acabó su trabajo se puso Bardet faltando 1.800 metros para el final. Y el ritmo de Bardet soltó a Alaphilippe. No creo que fuese casualidad, Bardet es un corredor ambicioso y su mirada atrás tardo mucho. Cuando miró a su jefe de filas de selección este ya no estaba. Cuatro corredores para tres medallas. Moscon, ese abusón y macarra italiano, se equivocó intentando cambiar el ritmo en una cuesta con porcentajes que solo permiten sobrevivir y se autoeliminó. Tres corredores para tres medallas. No puede ser. No me creía lo que veía. Y Valverde tenía cara de control absoluto de la situación. Parecía el Muro de Huy. Si la selección hubiese tenido que escribir un escenario favorable no lo hubiese pintado mejor.

 

Los tres corredores en cabeza eran Bardet, Woods y Valverde. Por detrás un corredorazo como Dumoulin sobrepasaba a Moscon que se dejaba sus opciones. El holandés subía haciendo eses, culebreando en la zona del 28%, en una imagen que no debería ser propia del ciclismo profesional, al menos en su variante de ruta, pero ¿quién soy yo para cuestionar los gustos del gran público? Parece que esto es lo que toca.

 

 

En la bajada los tres de cabeza solo pensaban en las medallas. Solo pensaban en que iban con el máximo favorito y más rápido que ellos. Pero incluso así no intentaron nada. Por detrás Dumoulin en lo que debió ser una bajada portentosa enlazó con los de cabeza. Cuatro para tres medallas. A estas alturas yo, y creo que cualquier aficionado al ciclismo viendo el Mundial, había abandonado mi posición en el sofá. No aguantaba sentado. Valverde estaba a la altura de lo que la selección española había hecho: una carrera tácticamente perfecta. Valverde se sabe el más rápido, con lo que busca el lateral de la carretera para dejar solo un lado expuesto. Y con la mirada vigila cualquier movimiento. De manual de escuela ciclista. Faltan 1.600 metros para el final. Dumoulin es el único que intenta arrancar pero Valverde lo “pilla” con la mirada y el holandés aborta la arrancada. Otra gran jugada de Valverde. Y seamos sinceros… en mi cabeza solo pasaba una cosa: falta “la Valverdada”… ¿dónde la hará? En la recta de meta Valverde mira a la izquierda y comprueba que faltan 300 metros. Es su distancia y Valverde arranca. Sí, desde su casa, desde lejísimos, y ahí es donde pensé: aquí está la Valverdada ¡jolines no puede ser! Confieso que se me heló la sangre cuando en la toma frontal Bardet y Woods se abren uno a cada lado y parece que van a remontarlo. No puedo ni mirar, pero diez pedaladas más tarde Valverde cruza la línea primero. No suelta las manos hasta bien pasada la línea. Alejando Valverde Belmonte es Campeón del Mundo, por fin. “Bravo Alejandro ehhh, bravo” (Carlos de Andrés – Teledeporte).

 

 

Bardet (Francia) es plata y Woods (Canada) es bronce. Dumoulin hace cuarto y Moscon quinto. Dos españoles, Izaguirre y Nieve entran también entre los 15 primeros. Impresionante. Las lágrimas en meta por parte de Valverde demuestran lo que ansiaba esta medalla. Lo que la necesitaba. En la entrevista posterior agradeció el trabajo impecable de la selección, y lo cierto es que una buena parte de la medalla es de ellos. Dijo que tenía absoluta confianza en su final y la verdad es que en la repetición desde el helicóptero se ve la tremenda superioridad de Valverde en el sprint. En ningún momento puede ser remontado. Saca una bici de distancia en la arrancada y la mantiene durante todo ese sprint que vale un oro.

 

 

En el podio Peter Sagan entregó el maillot de Campeón el Mundo a Valverde, alegrándose mucho de poder imponérselo a un tipo que cae muy bien en el pelotón. No olviden que por ejemplo Tom Boonen, un Dios del ciclismo y un excelso clasicómano -además de Campeón del Mundo-, afirmó el año de su retirada que el corredor que más le había impresionado en su carrera deportiva era Valverde. Y hablamos de alguien que coincidió con Museeuw por ejemplo. ¿Así que quienes somos nosotros para dudarlo?

 

 

Hasta aquí lo vivido el domingo. Pero lo que no se verá escrito en la prensa española es la parte oscura de este deporte, la parte menos amable de esta medalla y de su protagonista. Lamentablemente el dopaje es parte de este deporte. Alejandro Valverde también es parte de esa historia negra. En la Operación Puerto se encontró una bolsa de sangre etiquetada como Valv.-18 (Piti). El nombre del murciano estaba comprometido, como el de muchos más, en esa operación. Las instituciones españolas miraron para otro lado. Solo la insistencia del Comité Olímpico Italiano logró que se determinase que la bolsa 18 contenía sangre de Valverde. Claro indicativo de dopaje. Y por eso fue sancionado. Cumplió dos años de sanción. Nunca ha reconocido su implicación, nunca ha pedido perdón. Lo más que ha dicho es que es una etapa pasada de su vida y que él cumplió una sanción. Valverde estuvo implicado en dopaje en 2006, cuando ya ganaba habitualmente, tres medallas mundialistas a esas alturas y dos podios en grandes vueltas. Cumplió su sanción y dos años más tarde volvió no a la misma altura sino mejor. El fin de semana con 38 años y habiendo superado una grave lesión se ha proclamado Campeón del Mundo. Si con 26 años usaba esos métodos tramposos, 12 años más tarde y con mejor palmarés, podemos tener una duda razonable de su rendimiento ¿Verdad? Pero está claro que estamos hablando de un deporte en el que solo en este año el ganador del Giro evitó en los despachos un positivo de manual, que el ganador del Tour es un gregario de la misma estructura que esta dominando el ciclismo desde 2012 y que recuerda tiempos muy oscuros de este deporte. Y que el ganador de La Vuelta dio positivo por un medicamento contra el asma, pero incluso asmático arrasa en este ciclismo de hoy en día. Así que aunque tenga una firme opinión sobre Valverde prefiero disfrutar de este deporte y alegrarme con carreras como el Mundial. Amo este deporte, lo practico desde niño respetandolo y el domingo me alegré de que ganase Valverde. Se lo merece. Por todo. Ahora solo tengo una duda: ¿Cómo se combinarán “la maldición del Arco Iris” y “las valverdadas” juntas? Veremos.

 

 

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